al Sr. Joseph Stevens
¡Atrás la musa académica! No tengo nada que hacer con esa vieja mojigata. Invoco a la musa familiar, la citadina y viviente, para que me ayude a cantar a los buenos perros, los perros sucios, a aquellos que todos separan como si fueran apestados y piojosos, menos el poeta que los mira con ojos fraternales.
| Buen perro hallado en La Laguna, Norte de Santander |
Mejor me dirigiré, gustoso, a Sterne, y le diré: "Desciende del cielo, o sube hasta mí desde los Campos Elíseos para que me inspires a favor de los buenos perros, de los pobres perros, un canto digno de ti, ¡sentimental guasón, guasón incomparable! Vuelve a horcajadas ese famoso asno que te acompaña siempre en la memoria de la posteridad; ¡y sobre todo que este asno no olvide cargar, delicadamente suspendido entre sus labios, su inmortal macarrón!"
| Perro encerrado en un apto de Medellín |
¡A la perrera con todos esos fatigantes parásitos!
| Perro en Ventana en un apto de Medellín |
Canto a los perros desdichados, a aquellos que vagan. solitarios, por los sinuosos barrancos de las grandes urbes, sea los que han dicho al hombre abandonado, con ojos parpadeantes y humorísticos: "¡Llévame contigo, y con nuestras dos desgracias a lo mejor hacemos una especie de felicidad!".
"¿Adónde van los perros?", decía antaño Nestor Roqueplan, en un inmortal folletín que él sin duda ha olvidado y del cual solo yo, y Sainte-Beuve, todavía nos acordamos.
¿Adónde van los perros, preguntan ustedes, hombres poco atentos? Van a resolver sus asuntos.
Citas de negocios, citas de amor. A través de la bruma, a través de la nieve, a través de los excrementos, bajo la canícula que muerde, bajo la lluvia que moja, ellos van y vienen, trotan, pasan bajo los coches, excitados por las pulgas, la pasión, la necesidad o el deber. Como nosotros, se levantan temprano en la mañana, y buscan su vida y corren tras sus placeres.
Hay algunos que duermen en una ruina de los suburbios y que van, cada día, a una hora fija, a reclamar lo suyo en la puerta de una cocina del Palais-Royal; otros corren en manadas, más de cinco leguas, para repartir su comida que les ha preparado la caridad de ciertas doncellas sexagenarias que entregan su corazón desocupado a las bestias porque los hombres imbéciles ya no las quieren.
Y Otros que, como negros cimarrones, locos de amor, abandonan en ciertos días su morada para ir a la ciudad, brincando durante una hora alrededor de una perra hermosa, un poco descuidada su aseo, pero orgullosa y agradecida.
Todos, sin carnet y sin notas y sin cartera, son muy puntuales.
¿Conocen usted la perezosa Bélgica, y como yo ha admirado todos esos perros vigorosos uncidos a las carreta del carnicero, de la lechera o del panadero, y que testimonian, con sus ladridos triunfantes, el placer orgulloso que experimentan al rivalizar con los caballos?
| Buen perro hallado en Berlín, Santander. |
¿No es justo que antes de ponerse en ruta, tan celosos comediantes atiborren su estómago con una poderosa y sólida sopa? Y ¿No perdonarían ustedes un poco de sensualidad en esos pobres diablos que deben afrontar todo el día la indiferencia del público y las injusticias de un director que separa para él la mejor parte y como él solo más sopa que cuatro comediantes?
¡Cuántas veces contemplé, sonriente y conmovido, a todos estos filósofos de cuatro patas, esclavos complacidos, sumisos o leales, que el diccionario republicano bien podría calificar de oficiosos, si la républica, demasiado ocupada con la felicidad de los hombres, tuviera tiempo para cuidarse del honor de los perros!
Y ¡cuántas veces pensé que acaso había en algún lado (¿quién sabe, después de todo?) para recompensar tanta valentía, tanta paciencia y tanta labor, un paraíso especial para los buenos perros, los pobres perros, los perros sucios u desolados. ¡Swedenborg afirma que hay uno para los Turcos y uno para los Holandeses!
Los pastores de Virgilio y de Teócrito esperaban, como premio por sus cantos alternados, un buen queso, una flauta del mejor constructor, o una cabra de ubres henchidas. El poeta que ha cantado a los pobres perros ha recibido como premio un bello chaleco, de color a la vez rico y marchito, y que hace pensar en los soles de otoño, en la belleza de las mujeres maduras y en los veranos de San Martín.
Ninguno de quienes estaban presentes en la taberna de la calle de Villa-Hermosa olvidará la pedantería con que el pintor se despojó del chaleco a favor del poeta, tanto había comprendido que era magnánimo y honesto cantar a los pobres perros.
Así como un fabuloso tirano italiano, de los buenos tiempos, ofrecía al divino Aretino una daga con ornamentaciones de pedrería, o un manto de corte, a cambio de un precioso soneto o de un curioso poema satírico.
Y todas las veces que el poeta se pone el chaleco del pintor, está obligado a pensar en los buenos perros, en los perros filósofos, en los veranos de San Martín y en la belleza de las mujeres más maduras. (1865)
Traducción: Pablo Montoya
Traducción: Pablo Montoya
Fotografías: Ricardo Contreras.
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